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Pide al Dalai Lama que permita la libertad religiosa

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La prohibición de la práctica de Doryhe Shugden

El nuevo muro del monasterio de Ganden del sur de la India se construyó en marzo del presente año. No tiene verja, ni entrada alguna en toda su longitud. Está pensado únicamente para dividir, para separar a unos monjes de otros; incluso impide el acceso a la antigua carretera. Se eleva hasta una altura de 2,75 metros y está hecho de ladrillos de cemento. Conserva el atractivo del estilo arquitectónico del monasterio, pero su aspecto es engañoso y oculta un propósito siniestro. Cada uno de sus ladrillos es un horripilante símbolo de la crueldad y el odio implantados como creencia religiosa a causa de las mentiras de una persona. El muro se extiende sobre la polvorienta tierra pardusca, la misma que nos iguala como seres humanos, cada uno ejerciendo el derecho fundamental de profesar la creencia de su elección. Se yergue, hilera sobre hilera, bajo un mismo cielo… la inmensa bóveda hacia la que todos podemos alzar la vista, desviando nuestra atención de lo mundano a lo infinito e, incluso, a lo sagrado.

Inicialmente se proyectó que el muro solo alcanzara el metro y medio de altura, como los demás muros de la propiedad. Pero muchos monjes protestaron. Alegaban que desde las ventanas más altas de los edificios adyacentes podían ver a los practicantes de Shugden: monjes que tenían la audacia de no sucumbir a la tremenda presión promovida, por motivos políticos, por el Dalai Lama y que no abandonaban la fe en una antigua práctica validada por el transcurso del tiempo. Y no debían verles… a ninguno de ellos. No querían ni sentir la misma brisa que acariciaba a los practicantes de Shugden. Así que elevaron el muro hasta los 2,75 metros… una obra del apartheid religioso. Un feo recordatorio para quienes han de pensar cada día que su fe budista en Doryhe Shugden es inferior, que ellos mismos son practicantes inferiores y que han de ser tratados como tales. Cada día saben que están separados, marginados, y que son objeto de la animadversión de quienes, no hace tanto tiempo, eran familia y amigos. Cada día, bajo un sol de justicia, los practicantes de Shugden recorren a pie el nuevo trayecto de veinte minutos que, rodeando el muro, conduce a las salas de oraciones de los segregados. Mientras, se esfuerzan en su interior por combatir el férreo propósito generalizado de rebajarles y humillarles y de instarles a abandonar la devoción a su linaje y a sus Gurus.

Un gueshe que ha vivido en el monasterio durante muchos años quiso hablarme de este muro. Me explicó con detenimiento su significado, en un tono serio y triste. Yo, como cualquier persona decente, sentí revulsión… igual que la que sentiría ante cualquier otro trato inhumano entre congéneres. Aunque estaba horrorizado, fue una confirmación de la creciente discriminación religiosa a la que están siendo sometidos, de manera implacable, sinceros budistas practicantes de Shugden.

¿Cuál es el origen de este muro? ¿Quién podría considerar apropiada, e incluso necesaria, su construcción en esta era de derechos y libertades? ¿Quién podría alentar y alabar este símbolo del sectarismo dentro de la comunidad tibetana, un muro que destruye la unidad y la armonía y crea un nuevo enemigo, quizá aún más aborrecido debido a la proximidad, que los chinos… los Shugden? Ni más ni menos que el propio Dalai Lama. El mismo hombre que reúne a miles de occidentales de buenos sentimientos en sus ensayados discursos seduciéndoles con las sabias y hermosas palabras de Buda. Se horrorizarían si supieran que el supuesto «príncipe de la paz» ha promovido una discriminación tan cruel y deliberada. El mar de oyentes cultos que abarrota los salones de actos y los estadios quedaría reducido a un reguero. Por esta razón, el trato intolerante que reciben los practicantes de Shugden se ha mantenido oculto durante veinte años, como un sucio secreto, fuera de la vista de individuos racionales y honrados. Pero soplan vientos de verdad. Pese al riesgo para su propio bienestar y el de sus familias, cada vez más tibetanos se atreven a denunciar la hipocresía de su líder, creyendo que con su sacrificio, se escucharán sus verdades y se restablecerá la libertad religiosa.

El muro del monasterio de Ganden no es más que un ejemplo físico de entre otros muchos y recientes que revelan una actitud envenenada, temible e inaceptable, de intolerancia religiosa hacia los practicantes de Shugden tanto en la comunidad tibetana como en el resto del mundo. Hace tan solo unos días, el Save Tibet Group pegó carteles en los asentamientos tibetanos de Mundgod, en la India, que decían lo siguiente: «Os pedimos que cortéis todo contacto de compra y venta de comida en restaurantes y tiendas con quienquiera que guarde relación con la organización de Doryhe Shugden». La aversión y la hostilidad continúan.

El Dalai Lama en persona está implantando la persecución y humillación sistemáticas de los seguidores de Doryhe Shugden y fomentando que se les considere el único objeto de culpa, una especie de chivos expiatorios de todas las dificultades existentes en la sociedad tibetana. Los miembros de su gobierno y los gueshes serviles ávidos de ganarse su favor y, en especial, aquellos líderes temerosos de provocar la desaprobación o represalias del Dalai Lama, ejecutan su política de limpieza [religiosa] con despiadada energía. Hay que obedecer al Dalai Lama. No hay libertad de expresión ni de prensa en la comunidad tibetana.

Me han dicho que en Oriente muchos reconocen y ven que en las actividades del Dalai Lama hay algo que no cuadra, mientras que en Occidente, le reverencian y conceden interminables galardones. Está mostrando dos caras al mundo.

En la Harvard Divinity School, el Dalai Lama dijo en una ocasión que había llegado el momento de que todos nosotros dejáramos de pensar que nuestras creencias son superiores a las de los demás. Hace poco, declaró en la revista The Economist: «La libertad, la equidad, la franqueza y la igualdad son algunos de los valores humanos más elevados. Todas las naciones deberían medirse según estos valores y dar cuenta de ellos».

Sin embargo, a los tibetanos les dice: «No cambiaré de postura. Jamás revocaré la prohibición. Tenéis razón. Será como la revolución cultural. Si los que no aceptan la prohibición se niegan a hacerme caso, su situación empeorará. Ya lo veréis. Su situación empeorará». Estas palabras las pronunció el 13 de julio de 1999 ante unos monjes de la India que cuestionaban la prohibición. En el monasterio de Drepung, el 14 de enero de 1999, declaró: «La Dorje Shugden Society me hace numeritos allá por donde voy… Creen que me retractaré. Pero no lo haré jamás. Incluso después de esta vida, habrá designado un sucesor para mantener la prohibición».

Las tácticas de intimidación y humillación del Dalai Lama han demostrado su efectividad. Desde que comenzara la campaña de limpieza [religiosa], los practicantes Shugden, antes el grupo mayoritario de seis millones de tibetanos, han quedado reducidos a cientos de miles. El Dalai Lama ha declarado que no se detendrá en la comunidad tibetana sino que seguirá adelante con su labor de poner fin a las oraciones de Doryhe Shugden en todo el mundo. Ya ha comenzado en Nepal, Bután y, recientemente, en países occidentales, incluidos los Estados Unidos.

¿Cómo es posible que el Dalai Lama siga teniendo la consideración de «ser sagrado», libre del escrutinio del público y de los medios de comunicación, cuando sus acciones atestiguan lo contrario? De forma sistemática y deliberada, sin compasión, está destruyendo las vidas espirituales de millones de budistas. Si compartimos hechos evidentes y verdades, escuchamos testimonios y damos fe en nombre de todos los practicantes de Shugden de todo el mundo, el personaje puro y mítico del Dalai Lama sobre el que se basa el temible poder de su popularidad se desmoronará pronto y de manera irremediable. Y con él, el grotesco muro del monasterio de Ganden.

Un defensor de la WSS