El mundo abre los ojos a la verdad: Protestas en Oxford
El viernes 30 de mayo las “agujas de ensueño” de Oxford se despertaron con los gritos de “Dalai Lama, ¡deja de mentir!” con los que más de quinientos miembros de la Western Shugden Society, reunidos con motivo de la conferencia que el Dalai Lama pronunciaba en el teatro Sheldonian, se manifestaban contra la discriminación religiosa por él ejercida.
Con el fragor de la protesta resonando en las calles de Oxford, muchos universitarios y transeúntes se acercaron para averiguar lo que sucedía.
Una mentira intencionada
Los ciudadanos de Oxford se aproximaron para formular preguntas, deseosos de obtener información. Al ver las enormes pancartas de “Dalai Lama, ¡deja de mentir!”, muchos nos preguntaron sobre qué mentía. En aquellos precisos instantes, en el teatro Sheldonian, el Dalai Lama insultaba la inteligencia de su público tratando de convencerlo de que adorábamos a un “espíritu maligno”.
Se trataba de una mentira intencionada.
Se refería, cómo no, a la deidad Doryhe Shugden, a quien millones de tibetanos han venerado, considerándolo un ser iluminado, durante cientos de años.
El propio Dalai Lama confió en Doryhe Shugden durante cincuenta años, rezándole diariamente y pidiendo su guía y protección.
Fue gracias a que confiaba en Doryhe Shugden por lo que pudo huir a la India y disfrutar de una vida larga en el exilio.
Incluso escribió una oración especial de alabanza a Doryhe Shugden, describiéndolo como un ser iluminado que nos ayuda a avanzar por el camino espiritual.
Pacto de intereses
Posteriormente, en el exilio, cuando su poder político empezaba a debilitarse, el Dalai Lama anunció, como parte de un pacto negociado con sus oponentes políticos, que abandonaba la práctica de Doryhe Shugden, y animó a todos a que siguieran sus pasos.
A un budista sincero le resulta inconcebible abandonar una práctica que ha recibido de su guía espiritual. Por este motivo, no es de extrañar que el llamamiento del Dalai Lama de abandonar la práctica fuese acogida con fuerte resistencia.
El Dalai Lama reaccionó condenando la práctica, calificando a la deidad a la que antes había venerado de espíritu maligno, y urdiendo historias absurdas para persuadir a los supersticiosos.
Y para los que seguían resistiéndose, el Dalai Lama y su gobierno en el exilio desplegaron una campaña de coacciones, humillaciones y ostracismo.
Una persecución implacable
Con el paso de los años esta campaña se ha ido endureciendo cada vez más, y hoy día millones de personas sufren a manos del Dalai Lama y de sus secuaces.
Mientras el Dalai Lama viaja por Occidente, en la India sus partidarios infligen terribles sufrimientos a otros tibetanos que se niegan a abandonar esta práctica esencial.
Pese a que el Dalai Lama es un líder no electo de un puñado de tibetanos cuyo endeble gobierno es incapaz, según se tiene constancia, de aprobar una decisión que no sea de su agrado, y pese a que ha logrado usurpar el cargo de “líder religioso” de los tibetanos a través de artimañas como las anteriormente descritas, el mundo sigue aclamándolo como un “rey dios” infalible y acepta todo lo que dice sin cuestionarlo.
Hasta ahora, claro.
El éxito de las manifestaciones
Como han demostrado los juiciosos ciudadanos de Oxford, hasta las celebridades respaldadas por una potente maquinaria de relaciones públicas deben dar cuenta de la verdad.
El público del teatro Sheldonian y los universitarios y demás ciudadanos no estaban dispuestos a aceptar unas acusaciones tan ridículas sin pruebas que las refrendaran.
Y, claro está, no hay pruebas.
Las únicas pruebas que hay apuntan a la realidad de las persecuciones, coacciones, humillaciones y ostracismo ejercidos por el Dalai Lama y sus representantes.
Estos hechos se exponen con total claridad en los argumentos defendidos por la Western Shugden Society, en los cuadernillos que estamos distribuyendo y en las entrevistas que concedemos a los medios de comunicación.
Y cada vez más periodistas se muestran interesados por investigar el problema y analizar las pruebas personalmente.
Éste era uno de los objetivos principales de nuestras manifestaciones, y la reacción favorable indica que empiezan a surtir efecto.
La verdad, objeto de veneración
Cuando el Dalai Lama descendió del Mercedes-Benz que lo trasladaba por las calles de Oxford, puso el pie en un mundo en el que se venera la verdad y se desprecia la superstición, donde se condena la persecución religiosa y se honra la libertad de cada cual de seguir su propia fe.
Al erguirse a sólo unos metros de los manifestantes que, con gritos ensordecedores de “¡Deja de mentir, deja de mentir!”, le exigían que pusiera fin a su hipocresía, debió de comprender que su imagen, tan cuidadosamente elaborada por su equipo de relaciones públicas durante todos estos años, empezaba a resquebrajarse.
Las imágenes del Dalai Lama durante la recepción en el patio de la Biblioteca Bodleiana, mientras cientos de budistas, monjes y laicos, perfectamente visibles a su espalda a través de la verja abierta, ahogaban con sus gritos apasionados los discursos de bienvenida, tendrán un impacto mucho más duradero que las difamaciones que intentó hacer creer a su público del teatro Sheldonian.
El mundo que hasta ahora vivía embelesado con el mito del Dalai Lama empieza a abrir los ojos a la verdad.
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Published: 31 May 2008